Me acosté con mi maduro jefe

Los humanos nunca sabemos del todo qué hacemos exactamente cuando hacemos, ni los efectos que desencadenarán decisiones tomadas con las mejores o peores intenciones.

Tengo 35 años, casada desde hace 11 años con Diego, tenemos dos hijitas de 8 y 5 años. En el mes de marzo pasado (escribo esto en julio) descubrí que el muy descarado tenía relaciones con, por lo menos, otra mujer.

¡Ahh! Antes de seguir con el relato, mi nombre es Ariana. No puede decirse que soy hermosa, mi rostro deja algo que desear en compensación, soy alta, piernas largas, buena delantera, cintura reducida, popa redondita. Por la calle, los hombres suelen darse vuelta al cruzarse conmigo.

¡Me quise morir al enterarme de la novedad!! Pero más que la afrenta pudo mi amor propio: no hice ninguna escena. La procesión iba por dentro y, como la de Semana santa, pasó por distintas “estaciones”: dolor, rabia, humillación, angustia, inseguridad, culminó en revancha.

Desquite, justicia retributiva, decidí que se imponía un castigo que se identificaba con la falta cometida, la Ley del Talión.

Trabajo de analista de sistemas y mi jefe Carlos es un hombre maduro, cumplió 61 en julio (lo sé con certeza porque en una oportunidad me pidió que le hiciese una fotocopia de su documento de identidad). Es alto, buen físico, canoso, dinámico, agradable, simpático y extremadamente gentil con todos los que tratan con él. Casado con tres hijos.

Trabajamos juntos desde unos cinco años atrás y, a partir de un tiempo a esta parte, estando a solas, mantenemos conversaciones extra laborales sobre actualidad, creencias, vivencias privadas. No faltaron sondeos, cautelosos pero evidentes, de él sobre mi predisposición a “ampliar” nuestra relación. A pesar de la diferencia de edades, de mis ideas morales y éticas a las que estaba fuertemente adherida y mi convicción de que “donde se come no se c…” me halagaba su pretensión. Sin embargo, mis réplicas habían sido siempre afables pero de firme rechazo.

Tomada la decisión de desquitarme, no tuve que esperar mucho para que Carlos reiterase su proposición, deshonesta:

-¿Me acompañas a tomar un café, afuera de estas cuatro paredes?
– Sí, cómo no – le respondí, expectante, intuyendo lo que iba a venir.

En el bar nos pusimos a charlar de temas triviales para luego pasar a la familia, los hijos, la relación con la pareja. Ahí, deslicé, sin revelarme mi encono ni su origen, que la  relación con mi marido, si bien era buena, distaba de ser plena, ideal. “Más claro sólo echándole agua” que estaba dispuesta a algo más.

Rápido de reflejos, dedujo que me faltaba contención y sexo (y no estaba equivocado ya que si bien no le corté “los víveres” a Diego se lo mezquiné bastante, con largos períodos de piernas cruzadas).

Me propuso pasar a la acción.

Por supuesto no me regalé; pasé del tajante “NO” acostumbrado a un “déjamelo pensar”. Al día siguiente, con otro nuevo café,  fue un “…nos vamos a complicar”, después “…suponiendo que….no veo de dónde vamos a sacar tiempo…”.

– Esta tarde, ya que no tenemos nada que no podamos hacer otro día ¿qué te parece si te muestro un lugarcito genial, es original y bonito?
– ¿Qué lugar es ése?
– Uno con cuartos con múltiples desniveles y decoración cálida. Te va a gustar.
– ¿No sé si…?

Con su mano derecha sobre el pecho, a modo de juramento:
– Dale, vamos, sólo va a suceder lo que vos quieras que suceda.

Fuimos caminando. El hotel dista 600 metros de nuestro lugar de trabajo.

Hasta ese día no conocía muchos hoteles para parejas. Debo reconocer que verdaderamente el cuarto era muy raro, distribuidos en tres niveles distintos vinculados por tres o cuatro peldaños de madera dura lustrada: la cama, un diván, una silla y el televisor LCD en uno, doble pileta lavamanos en otro y la ducha, rodeada por tabiques circulares, de ladrillos de vidrio en el restante.

Una vez en él, olvidé rápidamente que había ido ahí por despecho, más que por “calentura”.  Carlos no perdió mucho tiempo en acercárseme, abrazarme y darme un beso en el cuello y en el lóbulo de mi oreja izquierda.

¡Para qué! Experimenté una viva, ardorosa y repentina agitación.

Le devolví el beso, pero en los labios. Fue la luz verde para un intercambio de besos, lenguas y caricias que parecía que no iba a terminar nunca.

Mientras me desnudaba (y yo lo desnudaba a él) pensaba dónde había ido a parar mi disgusto y sentimiento de revancha. Eso era apetito desordenado, deleite carnal.

Cuando quedé sólo con la bombacha, me empujó y me tiró de espaldas sobre la cama. Con las piernas abiertas me quedé esperando que terminase de quitarse el pantalón. Mucho no fue lo que tuve que esperar.

No voy a abundar en detalles, por otra parte, no creo que pueda asombrar a ninguna mujer que, alguna vez, quedó atrapada en el vértigo del desenfreno.

Fue una tarde soberbia. Me cuesta trabajo rescatar en mi vida pasada una que la deje pálida en la comparación.

Si alguien, antes de esta experiencia, me hubiese sugerido que iba a engañar a mi marido y que al hacerlo con un hombre mayor me resultaría tan gratificante, habría pensado que estaba trastornado, bebido o bajo el efecto de estupefacientes.

Al día de hoy, yo sigo siendo la otra mujer de Carlos y él mi otro hombre.

Lejos de arrepentirme, ni sentir pena por la deslealtad para con Diego (al que a pesar de todo sigo queriendo), disfruto lo grato y vivo de sentirme valorada como mujer por mi amante y por el placer que me regala cada nueva transgresión.

Mi marido con 40 años de edad pierde “por un campo”, con Carlos, en ternura, suavidad, atención, exquisito miramiento para conmigo y, como valor agregado, en actividad y eficacia de las facultades varoniles.

Lo dicho, en búsqueda de venganza, “tropecé” con la satisfacción de sentirme una diosa privilegiada por dos amores y ruego que, ambos, sean de muy largo aliento.

Me imagino que más de una descree que son amores. Puede que no sean más que dos hombres que, para conmigo, sólo piensan en “eso”, pero cuando en un futuro recuerde este momento de mi vida, estoy persuadida que voy a experimentar una sensación placentera, algo como: “¿Quién me quita lo bailado?”.

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