Poemas

DESNUDA (la historia completa)

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—Escríbeme un poema —me dijo.
—Yo no escribo poemas —le respondí.
—Entonces ¿qué son esas palabras bonitas que publicas casi con frecuencia? —me interrogó.
—Son eso, palabras bonitas, y no todas las palabras bonitas son poemas —le expliqué.
—Bueno, entonces, escríbeme palabras bonitas —insistió.
—No es así de sencillo, necesito inspirarme —me volví a excusar tratando de hacerla desistir de su reciente capricho—, yo no soy de esos que pueden inventarse sentimientos —acoté.
—¿Qué hago para inspirarte? ¡¿Dime?! —volvió a preguntar, esta vez con una determinación inapelable—. ¿Te guiño un ojo? ¿Contoneo mis caderas?
—Sé tú misma —le interrumpí— tan solo eso, ya que tengo la cualidad de descubrir cosas bellas en los más pequeños detalles.

Esperanza era una de esas mujeres bellas, que estaban acostumbradas a todo tipo de caprichos. La vida la había dotado con una sonrisa de unas muecas excepcionales, nunca se repetían, y cada una era un motivo para una obra de arte; para un acto heroico; para una exaltación sublime; para un esfuerzo supremo. Todos sucumbían ante sus encantos, y yo no era la excepción, pero a diferencia de otros, y gracias en parte a mi carácter melancólico, yo no era tan evidente, y a ella al parecer, tal reticencia le frustraba.

Ella accedió. De a poco, se fue despojando de sus prendas embebidas de superficialidad, hasta quedar completamente desnuda; también dejó caer la careta que cubría su rostro. Entonces, al verla así, con el alma descubierta, libre de prejuicios, libre de tantas falsas creencias, sucedió… me enamoré por completo. Ambos, desnudos, como dos niños sin malicia, fuimos felices, y yo, al fin pude escribirle. Pero ella no pudo soportar por mucho tiempo tal desnudez, estaba muy contaminada de este mundo actual. El mundo que había creado para ella, no le fue suficiente. Desesperada, cogió su antigua careta y huyó cubriendo apenas su desnudez. Yo le grité para que esperara, para que leyera lo que le había escrito, pero ella no alcanzó a escucharme, o tal vez no quiso hacerlo.

Es desde ese día que no he dejado de escribirle, pero ella, ya no quiere ni hablarme. Si alguna vez coincidimos por la misma calle, ella cruza al frente para no saludarme, y yo…voy amontonando en un cajón todas las palabras bonitas que ella me inspiró.

Gracias por llegar hasta aquí. ¡Que Dios nos bendiga!

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